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sábado, 3 de octubre de 2015

Leyenda Mexicana de Baja California

En un pueblo cerca de Ensenada, Baja California, estaba una bonita casa habitada por una joven llamada Tai. La muchacha que tenía muchos gatos a los que amaba y cuidaba cariñosamente. Todos en el pueblo conocían su desmedido amor por los felinos, razón por la cual la llamaban La Muchacha de los Gatos.
Una noche de luna llena, Tai oyó que llamaban a su ventana con fuertes golpes; en seguida se levantó de la cama para averiguar qué sucedía. Abrió la puerta y se encontró con un gato negro que le miraba fijamente con sus hermosos ojos amarillos y brillantes. Al ver la puerta abierta, el gato se le acercó ronroneando y frotándose en sus piernas. Tai lo acarició con cariño, lo metió a su casa y se fue a acostar de nuevo.
El gato negro demostró ser el más cariñoso de todos: acercaba su hociquito a la cara de Tai, la lamía, le hacía carantoñas, la seguía adonde iba, y dormía con ella en la cama. Tai estaba encantada con el gato negro al que había puesto el nombre de Moira, Destino; sin embargo, la chica observó que los demás gatos, más de veinte, se iban yendo poco a poco. A Tai este hecho la entristeció y la desconcertó mucho, no sabía a qué obedecía el abandono de sus gatitos. Tenía miedo de que una gata siamesa llamada Garci que era su preferida, se fuera y la abandonara,  así que decidió dedicarle más tiempo y cariño.
Un día que regresaba de su trabajo, se dio cuenta que ya nada más le quedaban dos gatos, el negro Moira y la siamesa Garci. Tai, tomó en sus brazos a Garci y le prodigó besos y palabras dulces; al voltear a ver a Moira, se dio cuenta que el gato estaba furioso, con los ojos rojos, arqueado del lomo y con los pelos parados de punta, a la vez que maullaba amenazadoramente. Por la noche, cuando la joven le dio un poco que crema a la gata, el gato negro en el colmo del enojo, se abalanzó sobre la gatita y se puso a pelear con ella. Tai no podía separarlos y salió de la casa a buscar a su vecino Armando para que la ayudara. Al regresar vio que la gata siamesa yacía en el suelo muerta y el gato negro se limpiaba, tranquilamente, las garras. Ante tal macabra escena, Tai se puso a llorar, tomó una escoba y echó al gato negro a la calle.
Durante muchas noches el gato maulló en la ventana esperando que le abrieran la puerta para entrar. Un día, lo encontró dentro de la casa; el gato se veía enorme y amenazador. Tomó la escoba y trató de sacarlo, pero no pudo, pues el gato negro saltó sobre ella, la arañó y la mordió. Tai, gritaba y trataba de zafarse del gato; entonces, Moira enredó su cola alrededor del cuello de la muchacha y apretó con fuerza hasta que la mató; en seguida saltó por la ventana y se alejó.
Al ver los gatos que el asesino había huido volvieron a la casa y maullaron durante dos días seguidos. Los vecinos, ante tanto maullido, acudieron a la casa de Tai y encontraron su cadáver putrefacto.
Sonia Iglesias y Cabrera


domingo, 14 de septiembre de 2014

Cuzán y el Maquech

Cuzán era una hermosa muchacha esbelta de ojos negros y rasgados, piel ambarina y largos cabellos lacios. Su padre, Ahnú Dtundtunxcaán, gran señor guerrero, la adoraba. Como ya Cuzán estaba en edad de merecer, su padre había escogido como su futuro yerno a Ek Chapat, el príncipe heredero de la ciudad de Nan Chan.

Cierto día, el padre de Cuzán regresó de la guerra con un muy buen botín y  llamó a su hija para que lo viera, pues todo el botín se lo regalaría. Cuzán acudió a la sala donde se encontraba su padre sentado en el trono, a fin de agradecerle tan maravilloso obsequió. Al entrar al recinto, observó que junto a Ahnú Dtundtunxcaán, se encontraba un guapo mozo: Chalpol, llamado así a causa de su cabello color rojo. Cuando ambos jóvenes se vieron quedaron enamorados inmediatamente. Se juraron amor eterno mientras hacían el amor bajo una sagrada ceiba.

El padre de Cuzán se enteró fatalmente de estos amoríos bajo la ceiba y, lleno de furia y dolor, ordenó que Chalpol fuese sacrificado. Cuzán estaba loca de pena y acudió muchas veces ante su padre para suplicarle que le perdonase la vida a su bello amado. Todo fue inútil: Ahnú Dtundtunxcaán se mostró inflexible. Cuando llegó el día señalado, Chalpol fue pintado de azul para el sacrificio y en el templo se quemaron varitas de copal. En el colmo de la desesperación Cuzán acudió una vez más a suplicarle a su padre que no diera muerte a Chalpol y que a cambio de su vida, prometía no volver a ver al joven y casarse con el príncipe Ek Chapat. Ahnú Dtundtunxcaán accedió de mala gana, bajo la condición de que Cuzán se encerrara en sus habitaciones sin salir. 

Al llegar la noche, su padre requirió su presencia, y la joven atravesó los patios del templo para ir a ver a su padre, ni qué decir tiene que con sus hermosos ojos buscaba ansiosa a Chalpol. Al llegar ante el mandatario, Cuzán preguntó por la suerte de su amante. El soberano la miró y sonrió socarronamente, pero nada dijo. Un hechicero se acercó a la joven, le dio un escarabajo, y dijo: ¡Cuzán, hermosa princesa, he aquí a tu enamorado, nuestro Halach Uinic le perdonó la vida, pero me ordenó que lo convirtiera en un insecto, en castigo por haberse atrevido a ser tu amante! La princesa tomó al insecto y dijo: ¡Yo juré nunca separarme de Chalpol y voy a cumplirlo!

Cuzán llevó el bicho a un joyero quien le incrustó en el pecho piedras preciosas y le ató una cadenita. La sufrida Cuzán lo tomó, se lo prendió al pecho cerca de su corazón y trémula pronunció las siguientes palabras: ¡Maquech, yo juré nunca dejarte, ahora estarás por siempre junto a mí muy cerca de mi corazón, y los dioses nos protegerán! Y así los amantes permanecieron por siempre unidos y amándose eternamente.

Sonia Iglesias y Cabrera