jueves, 22 de octubre de 2015

Lluvia




En el hermoso estado de Zacatecas, situado al Norte de la República Mexicana, existe un poblado que se llama Tepetongo, cabecera municipal del municipio del mismo nombre. La población cuenta con mil quinientos cincuenta y tres habitantes, algunos monumentos históricos, comida tradicional, y una rica tradición oral.



Una leyenda que ha sobrevivido al tiempo nos cuenta que hace muchos años, en la época colonial, habitaba en Tepetongo una familia muy rica, tan rica como desgraciada, pues uno de los hijos estaba enfermo de la cabeza. El pobre joven, de tan sólo catorce años, era esquizofrénico. En esos tiempos en que no se conocía la enfermedad, lo padres lo consideraban poseído por el demonio, razón por la cual habían mandado construir un cuarto subterráneo en el sótano de la casa, donde se encontraba encerrado de por vida el infeliz muchacho, a fin de esconderlo de los parientes y amigos de la familia. Ahí pasaba los días y las noches el hijo enfermo sin más compañía que las sirvientas que le llevaban sus alimentos tres veces al día, pero que no entablaban ningún contacto con el infeliz.

Un cierto día, los padres del jovencito salieron a una población cercana a visitar a una tía enferma. Como era domingo los sirvientes tenían el día franco, de tal manera que el loquito se quedó solo en su cuarto subterráneo. Entonces, dio comienzo una lluvia muy fuerte, tan fuerte que la ciudad empezó a inundarse y en la casa en que se encontraba el muchacho empezó a meterse el agua, hasta inundar por completo su cuarto, si es que así se le puede llamar a la celda en que se encontraba. El niño tocaba la puerta con desesperación, pero nadie acudió y pereció ahogado.

Desde entonces cada vez que el empieza a llover y el agua sube un poco más de lo normal, todo aquel que pasa frente a la casa, ahora desocupada, oye fuertes golpes en la puerta de la celda y los terribles gritos de desesperación del joven ahogado, a quien tan mal trataron sus progenitores. Si alguien se atreve a entrar a la casa para salvar al que pide ayuda, se encuentra con que no hay nadie, sólo los lamentos fantasmagóricos del niño esquizofrénico.

Sonia Iglesias y Cabrera

martes, 20 de octubre de 2015

Don Hilarión, el buen ladrón




Cuenta una famosa leyenda triqui del estado de Oaxaca que Hilarión Medina fue un ladrón revolucionario muy especial, ya que robaba a los hombres ricos y poderosos, y a los comerciantes que llevaban sus productos de Pinotepa Nacional a Putla, y a otras ciudades del estado como Huajuapan de León o Tlaxiaco, pero el bandido no se quedaba con todo lo que robaba, pues ayudaba a los necesitados. Cuando los indios triquis, desempleados y pobres, iban en busca de trabajo a los pueblos y ciudades mestizas como San Vicente, Pinotepa u otras más, la banda de Hilarión Medina les salía al paso y les quitaba su escaso bastimento compuesto de tortillas y totopos… pero a cambio les arrancaba el sombrero y se los entregaba repleto de monedas de oro. Los pobres desempleados se regresaban felices a sus casas, agradeciendo al bandido su buena acción.


El gobierno perseguía a Hilarión por sus malas acciones, los ricos se quejaban de los continuos robos de que eran víctimas, y el ejército lo perseguía sin tregua; muchas fueron las batallas que libró Hilarión Medina contra los soldados, tanto contra los federales como contra los revolucionarios. Siempre ganaba el ladrón bondadoso, hasta que en una ocasión fue hecho preso por los soldados federales, en el pueblo llamado San Juan Piñas. Lo condujeron a Juxtlahuaca excesivamente custodiado. De Juxtlahuaca le llevaron hasta Huajuapan de León para, poco después, conducirlo hasta la ciudad de Oaxaca. Su captura causó conmoción entre los pobladores de la ciudad, la gente salía de sus casas para verle y saludarlo, pues los pobres le querían mucho. Cuando llegó a la ciudad capital del estado Hilarión Medina fue decapitado. Pero este noble personaje continúa viviendo en la tradición oral triqui, pues los indígenas le ayudaron mucho escondiéndole en las cuevas que abundan por el territorio, como una muestra de agradecimiento por la ayuda que les proporcionó y la defensa que siempre hizo de ellos.

Sonia Iglesias y Cabrera

jueves, 15 de octubre de 2015

El pirata y la enamorada




Cuenta la tradición oral del estado de Campeche que hace muchos años, en la época colonial de México, vivía en tierras campechanas un señor que era muy rico, tenía una hija que vivía con él, la cual destacaba por su belleza y donaire. Por ser tan bella, el padre la cuidaba en demasía de los pretendientes inoportunos.


Este rico hombre odiaba a los piratas, pues en una ocasión que andaba navegando con su esposa, uno de ellos le dio muerte a la mujer que tan querida era de don Sebastián. Sin embargo, a pesar de las guardas que el padre le ponía a la bella hija, ésta se enamoró de un hombre. Como era una buena chica, le confesó su amor a su progenitor, asegurándole que se trataba de un joven de buena familia que vivía en Cuba. Muy enojado, don Sebastián le prohibió a la joven que volviera a ver a ese descarado hombre.

Un mal día, el padre descubrió que la hija recibía a su enamorado en su propia recámara. Al verlos, el padre perdió completamente los estribos y sacó su espada para matar al atrevido pretendiente. Éste hizo lo propio, y los dos hombres emprendieron una lucha a muerte. En un descuido don Sebastián cayó completamente muerto con la espada clavada en el corazón. Nunca se enteró que el enamorado era nada menos que un pirata muy conocido que respondía al nombre de Barbilla. La muchacha, al ver a su padre muerto, cogió la espada de su padre y con ella dio muerte al pirata asesino.

Terriblemente afectada, la joven donó toda la fortuna de su padre a los pobres y se metió de monja a un convento.

Sonia Iglesias y Cabrera

martes, 13 de octubre de 2015

Un milagro muy acuoso



Cuenta una leyenda del estado de Hidalgo que en el año de 1720 ocurrió una gran sequía que duró todo un largo año. Las personas sufrían con la carencia de agua, dado que las pozas y demás contenedores  se encontraban completamente secos. Para poder conseguir un poco del vital líquido, había que caminar muchos kilómetros. La agricultura se vio muy afectada, todos los sembradíos estaban secos y muertos. La tierra agrietada. Pronto dio comienzo una terrible hambruna, pues los alimentos escaseaban.


Ante tanta desgracia, tres diferentes órdenes religiosas decidieron realizar una procesión que iniciaría en el centro de la ciudad de Pachuca el día 10 de noviembre. Las órdenes actuaron de manera independiente, sin que mediara ningún acuerdo entre las tres. Al dar comienzo la precesión, cada orden religiosa tomó un camino diferente, pero las tres con el mismo propósito del solicitar a Dios que diera término a la sequía. Cuando llegaron a su destino, los frailes empezaron a levantar sendos altares para realizar misas. Un altar fue colocado en lo que actualmente se conoce como la Torre de Independencia; otro, se instaló en la esquina que forman las calles de Mina y Morelos; y el último altar se puso en una plazoleta a donde llega el Callejón de Mosco y la calle de Tres Guerras.

Los participantes a las procesiones: nobles, frailes y pueblo, rezaban fervorosamente, suplicaban y cantaban en los sitios elegidos para oficiar las tres misas. En esas se encontraban cuando de pronto en el cielo aparecieron unos oscuros nubarrones, justamente en el momento en que los tres frailes oficiantes levantaban la sagrada hostia hacia el cielo. En seguida, un fuerte aguacero se desató para contento de todos los participantes. Los demandantes, llenos de alegría, agradecían al Señor la preciosa dádiva que les otorgaba. Unos lloraban, otros cantaban, los más rezaban.

Para conmemorar tan fausto acontecimiento, las autoridades civiles y religiosas de la ciudad, decidieron construir tres fuentes, cada una en el lugar elegido por las tres órdenes religiosas. A cada una de las fuentes se le puso su nombre. Una se llamó Fuente de las Tres Coronas, otra Fuente de los Limones, y la tercera recibió como nombre Fuente de San Miguel.

Sonia Iglesias y Cabrera

martes, 6 de octubre de 2015

Miguel Barragán, el desmenbrado



Don Miguel Francisco Barragán Moctezuma Andrade vio la luz en la Ciudad del Maíz, en San Luis Potosí, un 8 de marzo de 1789. Sus progenitores, Miguel y Clara Josefa fueron descendientes del emperador mexica Moctezuma Xocoyotzin. En el año de 1810, cuando contaba con el grado de alférez del ejército realista, peleó al lado de Félix María Calleja y de Anastasio Bustamante. Su carrera militar le llevó a convertirse en coronel, y participó en el Plan de Iguala. El 27 de septiembre de 1821, estuvo a cargo de la caballería del Ejército Trigarante en su entrada  a la Ciudad de México. Por estar en contra de que Agustín de Iturbide se convirtiese en emperador fue hecho prisionero. Poco después fue liberado al imponerse la república.


Después de haber sido gobernador del estado de Veracruz, de ser apresado en San Juan de Ulúa por apoyar el Plan de Montaño que intentaba disolver las logias masónicas, de ser desterrado en Guatemala, Estados Unidos y Europa de la cual regresó gracias a la amnistía decretada por el entonces presidente Vicente Guerrero, y de haber sido secretario de guerra en el gabinete de Santa Anna, fue nombrado presidente interino de México por el congreso cuando Antonio López de Santa Anna se recluyó en su hacienda Manga de Clavo. Su nombramiento fue aceptado con beneplácito pues gozaba de muy buena reputación. Según un artículo anónimo: La historia señala que su bondad fue tal que el dinero que ganaba apoyaba a los enfermos y a las mujeres viudas, hacía caridades de todo tipo y asistía a infinidad de celebraciones y asuntos religiosos.

En 1836, cuando se encontraba en Texas por asuntos bélicos -los colonos tejanos se sublevaban apoyados por los estados Unidos-, enfermó gravemente y regresó a México. El 1° de marzo de 1836, moría don Miguel en la Ciudad de México, a causa de una fiebre pútrida, el tifus exantemático epidémico o enfermedad del piojo verde como se la conocía popularmente.

Cuenta la leyenda que antes de morir el general Miguel Barragán pidió que al fallecer su cuerpo fuera desmembrado, y los pedazos se repartieran en los lugares que habían sido trascendentes en su vida. Sus ojos se enterraron en Ciudad del Maíz en donde había nacido, su corazón en Guadalajara donde fue nombrado comandante general, sus entrañas en la colegiata de Guadalupe y en la Capilla del Señor de Santa Teresa en honor a esas imágenes, y su lengua en San Juan de Ulúa, pues había tomado tal fortaleza en 1825, cuando los hispanos se rindieron.

Así terminó desmembrado el presidente liberal, cuyo mandato duró solamente un año: del 28 de enero de 1835 al 27 de febrero de 1836. Su amante esposa se llamó Manuela de Trebuesto y Casasola.
Un huapango compuesto por el músico popular Marcelino Tovar Huerta titulado Corrido de Ciudad del Maíz, le dedica un párrafo a este decimo primer presidente de México, que a la letra dice: Ahí nació un general/ que en la historia está presente/ fue don Miguel Bartragán/ de México Presidente.

Sonia Iglesias y Cabrera

sábado, 3 de octubre de 2015

Leyenda Mexicana de Baja California

En un pueblo cerca de Ensenada, Baja California, estaba una bonita casa habitada por una joven llamada Tai. La muchacha que tenía muchos gatos a los que amaba y cuidaba cariñosamente. Todos en el pueblo conocían su desmedido amor por los felinos, razón por la cual la llamaban La Muchacha de los Gatos.
Una noche de luna llena, Tai oyó que llamaban a su ventana con fuertes golpes; en seguida se levantó de la cama para averiguar qué sucedía. Abrió la puerta y se encontró con un gato negro que le miraba fijamente con sus hermosos ojos amarillos y brillantes. Al ver la puerta abierta, el gato se le acercó ronroneando y frotándose en sus piernas. Tai lo acarició con cariño, lo metió a su casa y se fue a acostar de nuevo.
El gato negro demostró ser el más cariñoso de todos: acercaba su hociquito a la cara de Tai, la lamía, le hacía carantoñas, la seguía adonde iba, y dormía con ella en la cama. Tai estaba encantada con el gato negro al que había puesto el nombre de Moira, Destino; sin embargo, la chica observó que los demás gatos, más de veinte, se iban yendo poco a poco. A Tai este hecho la entristeció y la desconcertó mucho, no sabía a qué obedecía el abandono de sus gatitos. Tenía miedo de que una gata siamesa llamada Garci que era su preferida, se fuera y la abandonara,  así que decidió dedicarle más tiempo y cariño.
Un día que regresaba de su trabajo, se dio cuenta que ya nada más le quedaban dos gatos, el negro Moira y la siamesa Garci. Tai, tomó en sus brazos a Garci y le prodigó besos y palabras dulces; al voltear a ver a Moira, se dio cuenta que el gato estaba furioso, con los ojos rojos, arqueado del lomo y con los pelos parados de punta, a la vez que maullaba amenazadoramente. Por la noche, cuando la joven le dio un poco que crema a la gata, el gato negro en el colmo del enojo, se abalanzó sobre la gatita y se puso a pelear con ella. Tai no podía separarlos y salió de la casa a buscar a su vecino Armando para que la ayudara. Al regresar vio que la gata siamesa yacía en el suelo muerta y el gato negro se limpiaba, tranquilamente, las garras. Ante tal macabra escena, Tai se puso a llorar, tomó una escoba y echó al gato negro a la calle.
Durante muchas noches el gato maulló en la ventana esperando que le abrieran la puerta para entrar. Un día, lo encontró dentro de la casa; el gato se veía enorme y amenazador. Tomó la escoba y trató de sacarlo, pero no pudo, pues el gato negro saltó sobre ella, la arañó y la mordió. Tai, gritaba y trataba de zafarse del gato; entonces, Moira enredó su cola alrededor del cuello de la muchacha y apretó con fuerza hasta que la mató; en seguida saltó por la ventana y se alejó.
Al ver los gatos que el asesino había huido volvieron a la casa y maullaron durante dos días seguidos. Los vecinos, ante tanto maullido, acudieron a la casa de Tai y encontraron su cadáver putrefacto.
Sonia Iglesias y Cabrera